Madres voluntarias para más de 200 niños en el puericultorio

21.7.19 0 Comentarios A+ a-


Rebeca Tévez, Lucy Guzmán, Úrsula Terry y Julia Ipenza llegan a visitar a los bebes del Puericultorio Pérez Araníbar, en Magdalena del Mar. Todas visten el uniforme y mandil de las voluntarias. Lucy abre una pequeña puerta que conduce al ambiente donde duermen y juegan cinco nenes de 2 años, aproximadamente. Al verla entrar, uno de ellos la reclama. “¡Mamá!”, le grita, y ella se coloca en cuclillas para dejar que la abrace.

Mientras tanto, Úrsula se dirige hacia otro niño, que llora desconsoladamente. En la mano tiene un juguete que se le ha desarmado. La mujer le extiende la mano y el pequeño, aún sollozando , se lo entrega. Ella lo compone, se lo devuelve y a la criatura le brillan los ojos. Se sienta en el suelo y sigue jugando. 
Julia verifica que un nene, que anda algo retrasado, termine de tomar su leche. Y Rebeca, quien supera los 80 años, carga a otro hombrecito y lo columpia entre sus piernas.
Rebeca lleva dos décadas realizando esta labor. Pertenece al grupo de damas que fundó el voluntariado en 1998. “Al principio veníamos a dar soporte afectivo. Pero, con los años, fuimos viendo otras necesidades: había que mejorar la comida, cambiar los colchones que ya estaban viejos. A los niños les faltaba ropa. Algunos andaban descalzos o con los zapatitos rotos”, recuerda. 
Entonces, todas las voluntarias daban una cuota u organizaban tés para comprar desde carne y pollo para las papillas, hasta zapatillas. “Nos inscribimos en Registros Públicos para poder recibir donaciones y con eso hemos podido hacer reparaciones o arreglos puntuales, como el pintado de las paredes de algún ambiente. También hemos cambiado suelos y arreglado las tazas de los baños”, cuenta.
—Fuerza y voluntad—
El Puericultorio se sostiene con lo que la Beneficencia de Lima obtiene por el alquiler de sus inmuebles y por las donaciones, principalmente, de empresas privadas y gente de buena voluntad. Cecilia Hamann de Pennano, la directora, explica que, a pesar de que el espacio es enorme —el albergue está construido en un terreno de 14 hectáreas—, no es posible por el momento darle hogar a más niños.
Hace nueve años vivían ahí 600 menores. Hoy alberga a 229. Uno de los motivos, explica Hamann, es que hay varias zonas del inmueble en condiciones inhabitables. “Esto es por un abandono de años”, comenta. El dinero que recibe el hogar para el mantenimiento de la infraestructura, la alimentación de los albergados y para la contratación de más especialistas, dice la nueva gestión de la Beneficencia de Lima, es contado. “No recibimos un sol del Estado. Nuestro equipo administrativo es reducido pero contamos con auxiliares, psicólogos, educadores, asistentes, personal logístico y con el amoroso servicio de las damas voluntarias”, agrega, aunque no precisa la cifra destinada al albergue de menores.
“Quisiéramos tener 50 niños más, pero necesitamos presupuesto”, dice la directora. “Además, debemos enfocarnos en los niños que tenemos y hacerles seguimiento. Cada vez llegan más dañados”, explica Hamann. 
La mayoría de los menores que residen ahí ha sido enviada por disposición del Poder Judicial. “Son niños que provienen de familias sin estructura, de ambientes de mucho maltrato, abuso. Tenemos que brindarles más apoyo, atención”, agrega la directora.
Por cada cinco bebés hay, aproximadamente, una auxiliar que se encarga de atenderlos. “No se dan abasto. Por eso nosotras intentamos ser un soporte”, dice Úrsula Terry.
—Recaudarán fondos—
La asociación reúne a más de 40 voluntarias. Cada una se compromete con un horario: los días que les toca ir deben cubrir un turno de cuatro horas. “Nos hemos organizado de modo que siempre haya alguien”, dice Rebeca.
Casi la mitad de los niños tienen menos de ocho años. El menor de los bebes ha cumplido apenas tres meses de nacido.
A los más pequeños, las voluntarias les dan el biberón o la papilla, los arrullan y mecen. A los que son un poquito mayores les enseñan a amarrarse los pasadores, a utilizar los cubiertos, a lavarse los dientes. 
A los que están en edad escolar, los ayudan a repasar los cursos y a nivelarse si han perdido clases. “Tratamos de hacer todo lo que una madre haría”, dice Úrsula. Ella lleva un año con los niños del Puericultorio.
La mayoría de las voluntarias son profesionales. Lucy, por ejemplo, es asistente de profesoras del nivel inicial. Ella visita a los niños del hogar desde el 2016. Julia, quien se unió al voluntariado hace ocho años, es profesora retirada. “Todas colaboramos en función de nuestros conocimientos. Hay psicólogas, educadoras, ingenieras”, cuenta Julia.
Ella solía enseñar en el colegio Miguel Grau. “Siempre que pasaba por acá para ir a mi trabajo pensaba que, cuando me jubilara, debía venir a hacer voluntariado. Donde te ven, te vienen a saludar. Es muy lindo”, dice. Ella recuerda que en una ocasión tuvo que pedir una licencia de seis meses por problemas de salud. “Cuando volví, uno de los niños me vio a lo lejos y corrió a saludarme. Se cogió de mi brazo y me dijo: ‘¡Julita, estás acá! He rezado por ti’. Tendría 7 años”.
Los más grandes reciben el mismo amor. “Ahora estamos recaudando fondos para solventar los estudios y los gastos de vivienda de los egresados”, cuenta Úrsula. Para ello, las voluntarias se encuentran vendiendo el libro “Historia de un sueño”, sobre la vida de los benefactores del hogar. Este tiene un costo de S/100. 
—Más datos—
 El centro acoge a niños en estado de orfandad o abandono, que son enviados por el Inabif o por Juzgados de Familia.
​ Quienes deseen participar del voluntariado pueden escribir a directivavoluntariadoppa@gmail.com
Fuente: El Comercio